La comida sabe mejor cuando tenemos hambre y esto tiene una explicación científica fascinante. Todo radica en cómo se comportan las hormonas cuando tenemos el estómago vacío y los efectos que esto genera tanto en el cerebro como en las papilas gustativas.
El papel de la grelina y la sensibilidad sensorial
La ingeniera en alimentos Mariana Zapien explica que este fenómeno ocurre porque, “cuando tu estómago está vacío, libera grelina, conocida como la hormona del hambre, la cual llega hasta tu cerebro y produce la sensación de apetito. Lo más interesante es que se ha visto que esa hormona también podría actuar sobre las papilas gustativas, aumentando la sensibilidad a lo dulce o lo graso”.
El hambre tiene un efecto directo que logra que el cerebro active con mayor intensidad las áreas del placer y el sabor. Según agrega la experta:
“Tu boca literalmente percibe estos sabores más intensos. Además, cuando estás hambriento, las zonas del cerebro que procesan el placer se activan más. Por eso, aunque sea algo muy sencillo, te parece mucho más delicioso. Aparte, tus sentidos se ponen en modo alerta”.
El sistema de recompensa y el hipotálamo
Los efectos del hambre también sensibilizan el apetito; por ello, si algo huele bien, bajo esta condición se percibe muchísimo más fuerte e irresistible.
Lo planteado por la ingeniera en alimentos tiene un sólido sustento científico, respaldado por estudios de la Sociedad de Bioquímica Molecular, que explican cómo esta hormona gástrica es la encargada de regular el hambre.
Es importante destacar que:
- Con los ayunos, los niveles de grelina aumentan, generando una mayor sensación de hambre.
- El hipotálamo es la región clave donde se regula el apetito.
La explicación es bastante clara según el estudio: las neuronas del hipotálamo se localizan alrededor de una zona del cerebro que no está protegida por la barrera hematoencefálica.
Esto permite el paso de nutrientes (como la glucosa o los ácidos grasos) y hormonas (como la insulina o la leptina) que informan constantemente a estas neuronas sobre el estado energético del organismo.
Un estudio publicado por The Harvard Gazette, basado en una investigación dirigida por un equipo científico del Centro Médico Beth Israel Deaconess (BIDMC) —afiliado a Harvard—, revela que el hambre es más que una simple señal física del estómago: es un proceso de aprendizaje dinámico en nuestro cerebro.
La clave: plasticidad sináptica
Este fenómeno ocurre porque los circuitos neuronales que controlan el hambre y la alimentación también están sujetos a la plasticidad sináptica. Esto implica que:
Las uniones entre las neuronas del cerebro tienen la capacidad de cambiar y modificarse con el tiempo. Esta adaptabilidad es fundamental para la formación de la memoria y la adquisición de nuevas conductas de aprendizaje relacionadas con la comida.
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