Desde hace días, tenía la idea de grabar el río Sosúa en su cuenca alta sin la presencia de personas, capturando únicamente el sonido de las aves tropicales y el murmullo del agua deslizándose entre las rocas y pequeñas cascadas, había ocupado mis pensamientos. Nunca imaginé que esta simple aspiración podría ponerme al borde de mi propia muerte.
Me levanté para tener más posibilidades de encontrar el río en soledad. Llegué antes de las nueve de la mañana, un lunes, confiando en que la temprana hora me brindaría la tranquilidad que buscaba. Al llegar a uno de los charcos más bonitos del río, me sorprendió ver a dos jóvenes ya presentes. Uno de ellos estaba en el agua, mientras el otro, con una cerveza en la mano, permanecía en la orilla.
El joven en la orilla notó el equipo que llevaba y me preguntó si aquello era una cámara. Le respondí que sí, pero rápidamente aclaré que no los había grabado, explicando que mi interés se centraba exclusivamente en capturar la naturaleza: los sonidos del agua y las aves. A pesar de mis esfuerzos por ser amable y tranquilizador, el joven insistió, amenazante: "Si me grabas, te mato". Su amigo se rió, aumentando mi incomodidad y la sensación de peligro.
Tratando de mantener la calma, me retiré de esa área lo más rápido posible. La situación me dejó profundamente alterado. Mientras continuaba con mis grabaciones, la visión de desechos plásticos y botellas de cerveza esparcidas por el lugar aumentaba mi desasosiego. Por algunos segundos, el temor y la intranquilidad me dominaron, y ya no podía disfrutar ni escuchar bien el sonido del agua y las aves que tanto había anhelado capturar.
Aquella experiencia, que comenzó como una tranquila aventura para grabar la belleza del río Sosúa, se convirtió en una lección sobre los inesperados peligros que uno puede encontrar en la naturaleza. A pesar del miedo, logré capturar algunas imágenes y sonidos que me recordarán siempre la importancia de estar alerta y la fragilidad de la tranquilidad que buscamos en la naturaleza.


